Siempre tuve la impresión de que él era eso.
Los ojos cerrados, la boca seca y la lengua hinchada, las mejillas húmedas, trémulas las manos, inmóviles las extremidades mientras una pregunta corta y simple giraba sin parar dentro de mi cabeza, chocando contra el cráneo, resonando hueca en el silencio.
Tan sólo debía recordar, así hallaría la respuesta que tanto necesitaba…
Apreté los párpados y hundí el rostro en su cuello como una niña pequeña y asustada, pidiendo ayuda a gritos. Quería contestarle, necesitaba contestarme. Todo lo que veía era nada, vasta y fría nada.
Quería recordar, necesitaba recordar pero me sentía completamente incapaz. Le abracé con desesperación. “Responde tú por mi”, quise pedirle…
Pero no lo hice.
Un beso en la frente, apartando mi flequillo con sus labios. Una caricia en el pómulo, secando rastros de lágrimas con sus dedos. Un susurrante “¿por qué?” al oído que hizo que lentamente despertara y se abrieran mis ojos, dejando por fin entrar la luz.
Destellos inundaron la nada y entre destellos lo encontré. A él; expectante, paciente, dulce, cercano y atento, mirándome con la confianza que tiene el pájaro en sus alas. A mí misma; sobrecogida por la intensidad de su mirada, saltando al vacío con un grito de júbilo, zambulléndome en la respuesta; diáfana, clara, simple.
Sonrió, cogió mi mano y la apretó con fuerza, nos levantamos de un salto y salimos de allí. Empecé a contagiarme de la calidez de su sonrisa, de su cuerpo. A su lado el sol se quedaría helado…
Y entonces, con una simple caricia todo volvió a cobrar sentido, recordé y sentí con el viento en la cara el impulso de seguir adelante, a su lado, creando, destruyendo, riendo y llorando, amando, bailando, escupiendo en la cara de todo aquel que no quiere creerlo.
Silencio.
Volvió a repetir la pregunta.
Inspiré.
Rodeó con sus brazos mi cintura.
Alargué mis manos hasta su cuello y acerqué su rostro al mío, separando los labios despacio para que las palabras fluyeran tranquilas.
Con una sonrisa en los labios escuchó complacido cada suspiro, cada sonido, cada pausa.
Siempre tuve la impresión de que él era eso.
Ahora sé, sin ninguna duda, que él es eso.